Todo el mundo tiene derecho a hacer Yoga

Si tienes un cuerpo físico que cultivar,

Una mente inquieta que calmar

Cuerpos sutiles para volar

Si tienes pulmones para respirar

Puedes hacer yoga de verdad

No me gustan los modelos imposibles

Me gustan los yoguis accesibles

No me gustan los dogmas ni el elitismo

Me gusta que me den la mano

Para levantarme y seguir caminando

No me gustan los brhamanes

ni los obispos ni los cardenales

me gusta la gente sencilla

que mira con ilusión a la vida.

Hace algún tiempo organicé una comida en mi casa a la que estaban invitadas varias personalidades del mundo del Yoga. Entre ellas, había un hombre reconocido como Maestro. Muy famoso y muy estirado.

A partir de ahora me referiré a él como el “gran yogui”.

El resto de comensales eran hombres y mujeres del mundo del yoga con diferentes niveles y diferentes planteamientos

La comida discurría con normalidad y buen ambiente. Todo el mundo compartía experiencias y, preguntaba, escuchaba a los demás…se hacían bromas. Todos se sentían cómodos para aportar y participar en la conversación con confianza, sin tensión.

Hasta que tomó la palabra el “gran yogui”. Comenzó a narrar que hoy en día había demasiados practicantes de yoga. Que cualquiera se definía como yogui cuando a él le había costado tanto esfuerzo llegar a su nivel.

En sus tiempos, contaba, se sufría mucho para avanzar en el camino del yoga. Su maestro, de un reconocido linaje muy antiguo, era muy exigente y muy duro con él.

Le humillaba constantemente para “aplacar” su ego. Le llevaba a límites durísimos para corroborar su vocación. Y era fiel a las tradiciones bhramánicas de su época y de su sociedad. Era un gurú de tomo y lomo. Muy exigente.

Entonces, el “gran yogui”, se endureció merced a tan austero aprendizaje y, como suele suceder, acabó imitando las formas de su maestro.

El ambiente de la comida se enfrió notablemente. El resto de comensales, empequeñecidos de repente, me miraban de soslayo a ver si le respondía, sabedores de que mis planteamientos en el mundo del yoga son bastante poco ortodoxos.

No respondí nada. El seitán con pasas, piñones y albaricoques estaba cojonudo…perdón, estaba delicioso.

Pero mi hija mayor dijo: ¿es eso imprescindible? ¿No se puede crecer desde el amor? ¿desde la compañía y el asesoramiento de quien ha llegado más lejos? Entiendo que el trabajo constante es necesario para alcanzar cualquier meta, pero ¿esa dureza no es gratuita?

La ignoró.

Dejé el tenedor con un trozo de seitán colgando de uno de sus pinchos, y miré la escena. Que a su vez me miraba a mí esperando una respuesta.

Miré de nuevo al “gran yogui” y vi una persona asustada. Aferrada a sus logros y con una necesidad tremenda de marcar las distancias. Mucha tensión, mucha rabia acumulada. Mucha carencia y varias actitudes inconfesables en su mundo interno. Represión hacia sí y hacia los demás.

Así que hice una analogía musical.

A Rachmanivov, autor de la Gran Pascua Rusa, obra que te deja temblando, no le hace falta defender su posición humillando al que toca una flauta a orillas del rio. Es más, la melodía simple de la flauta le podría inspirar para hacer una gran composición orquestal.

El hecho de que haya eruditos o personas que hagan algo extraordinariamente bien, no tiene que servir para negar el intento a los demás. Cada cual hace lo que puede según sus posibilidades. Según su interés, según sus necesidades. Todo el mundo tiene derecho a practicar yoga. Y, tal vez, también a enseñar. Porque siempre habrá gente por arriba, que se lo ha trabajado más, y mucha más gente por debajo, que todavía ni ha empezado.

No me gusta, no, la ortodoxia encorsetada. Nunca me ha gustado. Lo siento, mi rebeldía no se cura con sermones ni con el miedo que sugieren los yoguis austeros de alguna tradición.

Igual, ni tan siquiera quiero llegar a donde han llegado ellos. Igual no quiero ser como ellos, igual no quiero ir a donde ellos van. Igual trazo otro camino, o me paro a mirar las estrellas en medio de la noche.

Igual me equivoco, pero mis errores son míos. Personales e intransferibles. Las mejores lecciones me las han dado mis errores. Pero ojo, han de ser míos, no los del gurú de andar por casa que me dice lo que tengo que hacer según su conveniencia.

Anda, toma el postre y baja a tierra un rato, bromeé.

No gracias, no me apetece, respondió frunciendo el ceño.

Mi hijo pequeño, que jugaba entre las piernas de los comensales, dijo, ya estamos con el elitismo de las narices. ¿Es que sólo los grandes yoguis tienen derecho a practicar yoga? ¿Quién decide quienes son los grandes yoguis? ¿Acaso, el elitismo, no es una forma de censura? ¿Qué es lo que les asusta tanto? Él tiene su ecosistema y no quiere que entre nadie más a hacerle sombra.

Por ser propio de la naturaleza humana, todos tenemos derecho a hacer yoga. Concluyó acercándose a la fuente de arroz con leche que le estaba tentando desde hacía un buen rato.

El “gran yogui” dijo, entonces ¿qué hago, me voy?

No hombre no, no hace falta, relájate y disfruta. No luches por mantener tu imagen. Ya sabemos que eres muy bueno y aprendemos mucho de ti. Solo falta que te endulces un poco para que, además, te queramos.

El “gran yogui” se permitió una sonrisa natural, inocente, y ahí vimos su grandeza. De su mirada salían estrellas fulgurantes. Su cara irradiaba una luz preciosa, y su corazón latía con un amor tan puro que, sin obedecer a precepto alguno, agachamos la cabeza reconociendo su potencial.

El, a su vez, nos tomó con sus fuertes brazos y nos llevó un rato a los mundos que se abren tan solo a los que, con su esfuerzo, los han conquistado.

Omkar Carabia 8 de abril de 2023

Si quieres ejercer tu derecho a practicar Yoga, ven al encuentro de primavera de Amari Yoga de abril.

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Omkar Carabia

Director de Amari Yoga

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