Ramón se encuentra con Rubén Darío

Ramón se encuentra con Rubén Darío

 

Pasadas ya las diez, cuando el sereno se dispone perezosamente a ir encendiendo las farolas de gas. Ramón pasa cerca del café Gijón, donde se notan los restos de la gresca que se ha producido un rato antes.

Una cuadrilla de carlistas bebidos les ha dado una contundente paliza a un par de isabelinos que se alejan calle arriba en busca de un barrio más amable donde puedan resarcirse de las heridas y aliviar el disgusto en mejor compañía de la que se han topado en su imprudente incursión en este barrio madrileño.

Ramón pasa de largo. En su mente se dibuja el día en el que sus amigos organizaron un festival benéfico para comprarle el brazo ortopédico que tanta falta le hacía después de haber perdido el original en aquella pelea con Manuel Bueno Bengoetxea.

Que jodido – recordaba Ramón del Valle Inclán- encima me lo encuentro en la presentación de Azul, con un Rubén Darío recién llegado de Chile.

Me encuentro de bruces con él delante de Rubén y de las autoridades que habían acudido al evento. Y, claro, tuve que estrecharle la mano. La buena, porque no era oportuno darle la mala, que igual tiraba a mala leche y se quedaba con ella.

Ya se me pasó por la cabeza darle un cacharrazo. Era un brazo tosco pero recio…pero bueno, qué le vas a hacer. No le iba a sacudir mientras Rubén declamaba eso de

“he ido a la selva donde he quedado vigoroso y ahíto de leche fecunda y licor de nueva vida…

La cosa es que a mis treinta y tres años, cuando a Jesús le pasaron por encima toda la inconsciencia y el egoísmo humanos, me quedé sin brazo izquierdo.

Eso me alejó de mis pretensiones de ser actor. Sí, quizás haya sido mejor. ¿Te imaginas? ¿Yo subido en el escenario abroncando a aquel que diga mal el texto que yo mismo he escrito en noches de desvelo en mi casa de Argüelles, dónde no hay mas que una mesa, una silla y un triste camastro?

No, igual es mejor así. Hay que aceptar la vida como viene, que si me revuelvo igual me quedo sin el otro brazo.

Además, menudo festival me organizaron para comprarme la prótesis. Fue en el teatro Lara, y se estrenó mi obra “Cenizas”.

La verdad, fue emocionante. Como aplaudían y como echaban monedas generosamente al cubo de fregar que colocaron a la salida para ayudar a este pobre manco que no tardó en volver a las andadas discutiendo a diestra y a siniestra con todo aquel que no viera lo que yo veo.

Con Unamuno, por ejemplo. Me lo encuentro en el café Levante, donde empecé a ir para olvidar lo del brazo y los duelos, que ya no estoy para esos menesteres, hombre.

Fue tiempo después, cuando ya me había recuperado del tiro que me pegué en el pie con mi propia pistola anacarada. También fue mala leche que me sorprendieran aquellas voces inesperadas. Del susto se resbaló el revolver con tan mala suerte que, en su caída, se enganchó el gatillo con mi dedo meñique y se disparó.

Y no podía haber ido a parar la bala un trozo más allá, agujereando la baldosa rojiza del piso. No, me dio en el pie. En el mal pie con el que me levanté ese día.

Bueno, al menos la convalecencia me sirvió para escribir Sonata de Otoño. Y ya tenía en mente Sonata de invierno, que se ubicaba con el marqués de Bradomín en Navarra, en un convento, para más señas.

A lo que iba, que los años y los disgustos me hacen perder el hilo.

Me encuentro con Unamuno y con Rubén Darío, el bueno de Rubén con quien tanto trabajé y con quien tanto creé, que entre comidas y farras también salían las ideas como “temblorosas palomas blancas”.

Estábamos en el café Colón y no se le ocurre a Miguel, austero como los muebles de mi habitación de la calle Calvo Asensio, mejor cosa que llamarle gordo a Rubén. No se ofendió, tampoco estaba tan gordo. Ni tan flaco como Miguel, claro, que eso era una exageración ascética, válgame dios, si lo viera alguno de las indias orientales se pensaría que era un paisano.

La cosa es que me encendí, ya sabes que soy de combustión rápida y le espeté de carrerilla y de sopetón:

“ Rubén y tú sois diferentes y opuestos. No habéis nacido para entenderos, estáis en las antípodas.

Rubén tiene todos los defectos de la carne: es glotón, bebedor, es mujeriego, es holgazán…Pero posee todas las virtudes del espíritu: es bueno, es generoso, es sencillo, es humilde.

En cambio tú, Miguel, almacenas todas las virtudes de la carne: eres frugal, abstemio, casto e infatigable y tienes todos los vicios del espíritu: eres soberbio, ególatra, avaro, rencoroso…

Por eso, cuando Rubén se muera y se le pudra la carne, que es lo que tiene malo, le quedará el espíritu, que es lo que tiene bueno. ¡Y se salvará!

Pero tú, cuando mueras, y se te pudra la carne, que es lo que tienes bueno, te quedará el espíritu, que es lo que tienes malo, ¡Y te condenarás!

Ja, ja, ja, si es que cuando me pongo, no dejó títere con cabeza. Si vieras que cara puso Unamuno…! Casi levanta el bastón y me sacude en toda la mollera. Pero tuvo tiento y solo se levantó de la silla y salió del café refunfuñando y pensando la respuesta que me daría al día siguiente, a la misma hora, en el mismo café, en la misma mesa, en la que nos juntamos a pasar la tarde entre, como se dirá en el futuro, zasca y zasca.

Omkar Carabia 30 de septiembre de 2022

 

 

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Director de Amari Yoga

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