El Café del Gato Negro

Café el Gato Negro

 

Esta mañana me he teletransportado al Madrid casta de la generación del 98, de 1898 en adelante, cabe decir.

Y callejeando por sus vías adoquinadas he decidido entrar en un café que me ha llamado la atención por lo inusual de su nombre: El Gato Negro.

Al atravesar su puerta de madera tallada y cristal ahumado me ha sacudido en la cara el bureo de mil disputas acaloradas al calor de anises y orujos que se dispensan generosamente por esa tropilla de 4 o 5 camareros de levita blanca y pajarita escarlata.

Hay tres filas de mesas corridas que, si estuviesen dispuestas hacia adelante parecería el aula de un colegio. Solo que están dispuestas de manera que los hombres que discuten acaloradamente de literatura, de política, de rencillas amorosas y de la guerra hispano-estadounidense se miran de frente.

En una esquina hay un piano de pared, madera marrón y teclas amarillentas por la capa de nicotina que las cubre. Un hombre adusto desgrana escalas ajeno al jaleo que sube el tono, in crescendo, a su alrededor.

Y, en una de las mesas del fondo, cerca del retrete de agujero en el suelo, hay un hombre sentado ante una de esas mesas de mármol y patas metálicas que pesan una barbaridad. Precisamente, para que los clientes no acaben tirándoselas encima.

Es una época de mucho revuelo en lo social. Donde se alternan repúblicas y dictaduras en esa fatídica lucha cainita eterna que enfrenta a los que no sueltan la sartén del mango con los que quieren hacerse un huevo frito de vez en cuando.

Como decía, al fondo hay un hombre de barba larga, pelo rapado y gafas redondas a medida del intelectual apasionado que es.

Ramón…! Le espetan desde otra mesa, como no retires lo del otro día en “La Cacharrería” del ateneo te vas a quedar sin el otro brazo…ja ja ja…se escucha en las mesas adyacentes que detienen, por un momento, sus diatribas para no perderse la tormenta que se avecina.

Pero Ramón no hace caso. Ya está cansado de chanzas y de duelos a espada. Está enfrascado en la lectura del periódico que habla de la guerra de Cuba. Y bastante tiene defendiendo a los cubanos en un Madrid que no quiere acortar la puesta del sol en varios miles de kilómetros.

Me acerco a su mesa y pido una manzanilla.

Debajo de “El liberal” periódico en el que colabora con algún artículo, tiene un libro titulado “El marqués de Bradomin”, firmado por Ramón, él mismo, Ramón del Valle Inclán. Discutidor empedernido con Unamuno y Baroja, que no acaban a tortas porque tienen la prudencia de coger cada uno un camino.

¿Qué te ha pasado? Le pregunto señalando su brazo izquierdo donde se adivina una prótesis chusca de madera tallada.

Buah…responde frunciendo el ceño oculto tras su enmarañada barba de hípster adelantado a su tiempo.

El burro de Bengoetxea. Que se lio a bastonazos conmigo por una discusión, una nimiedad, acerca de la ética del duelo que estaba previsto para esos días donde participaba un menor de edad.

Yo que me acaloro pronto y él que no se enfría, nos liamos a tortas. Él con el bastón y yo con la primera botella que encontré a mano.

Total, que bastonazos apenas recibí, pero el puñetero, seguro que sin pretenderlo, me clavó el gemelo de la camisa en mi antebrazo.

Ná…un huesecillo roto y poco más. Pero como no hice caso se gangrenó y, a últimas, me tuvieron que amputar.

Cómo sufría el médico, Barragán, cuando le echaba volutas de humo del habano que me estaba fumando mientras él operaba.

De repente, atraviesa la puerta de entrada un hombrecillo enjuto evidentemente excitado y a grito limpio anuncia: que se está liando en el Gijón, venir, venir rápido que unos carlistas borrachos les están dando una tunda a un par de “blancos” que no se han podido escabullir…

Y el café del Gato Negro se vacía más rápido de lo que se podía esperar dado el estado de sus ocupantes.

Ramón se pone el poncho, recoge sus cosas y sale tranquilo. Acostumbrado como está a la vorágine de ese Madrid cuajado de cafés y de tertulias.

Omkar Carabia 27 de septiembre de 2022

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Director de Amari Yoga

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